El saludo cotidiano es un acto de respeto consciente que, cultivado con amabilidad, construye comunidad y enseña reciprocidad.
Mirad esta imagen (¡qué cantidad de posibilidades te da la IA-Gemini-!).
Es un cruce de miradas, un gesto con la boina, una sonrisa sincera, un ¡Hola!
Esto es habitual en los pueblos: ese momento en que cruzarse con otro ser humano implica, casi por obligación moral, saludarse. Me acaba de pasar ahora mismo. Es un acto sencillo que, en las ciudades, se diluye a menudo en la masificación, pero que en el colegio donde trabajo, es el pilar de mi día a día.
Cada mañana, mi rutina empieza recibiendo a padres y alumnos con un "buenos días". Con los niños, he cultivado una costumbre: les he acostumbrado a que el saludo se devuelva.
Quiero aclarar que no se trata de una imposición férrea ni desagradable; eso mataría el propósito. Se trata de educación en su sentido más amplio. Busco que comprendan desde pequeños que, si yo les saludo, es por respeto hacia ellos, y que merezco la misma consideración por su parte. Es una pequeña lección sobre reciprocidad humana, siempre acompañada de una sonrisa para que el mensaje cale desde la amabilidad.
Pero esta práctica no se limita a los pequeños. Lo hago con absolutamente cada persona que se cruza en mi camino: da igual que sea una maestra, el conserje, la directora, las técnicas… A todos les doy los buenos días.
Curiosamente, en el caso de los adultos, no lo hago esperando una respuesta (aunque se agradece). Asumo que, por edad y por trabajar precisamente en la educación de otros, la cortesía ya debería venir "de serie".
Lo hago por mí y por el ambiente que quiero crear. Porque saludar no es solo un formalismo; es mi forma activa de buscar el respeto y generar buena "onda" todos los días, en cada rincón del colegio y en cada ámbito de mi vida. Es un pequeño gesto invisible que construye comunidad.
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