Época de finales: toca asumir lo que ha sucedido
Es época de campeonatos, de concursos, de competiciones que cierran temporada. Llegan los éxitos y también los fracasos. Nos alegramos por los que ganan, y está bien que así sea. Pero a menudo solo miramos el resultado, sin preguntarnos qué se hizo para llegar hasta ahí. ¿Fue trabajo bien planificado? ¿Talento individual? ¿Contexto favorable? ¿Suerte?
Cuando el resultado es bueno, asumirlo parece fácil. Pero cuando no se consigue lo que se perseguía, ocurre lo contrario: se buscan responsables rápidamente. Vuelven a escucharse las mismas frases: que si los niños no se esforzaron, que si los jueces no tienen buenos criterios, que si falta compromiso. Se busca un culpable, casi siempre fuera de quienes diseñaron el proceso.
Pero asumir lo que ha sucedido, tanto si se ha ganado como si se ha perdido, requiere algo más que señalar con el dedo. Requiere mirar atrás con honestidad: ¿se trabajó bien? ¿Se planificó con realismo? ¿Las expectativas eran ajustadas a lo que se tenía? Porque no es lo mismo perder por mala suerte o por un rival mejor, que perder por falta de planificación. Y tampoco es lo mismo ganar por condiciones innatas individuales que por un trabajo colectivo bien hecho.
Dejemos de buscar culpables y empecemos a entender
Antes de señalar a nadie, conviene recordar algo elemental: a la hora de salir a competir, el resultado no depende solo de los niños. Depende del compromiso de todas las partes: el club, los entrenadores, los jugadores y también las familias. Y las familias, que en muchas ocasiones son quienes sustentan económicamente las actividades, tienen derecho a conocer cómo se plantea el trabajo, cuáles son los objetivos, qué capacidades tiene cada uno, cómo deben comportarse en las competiciones y, en definitiva, cómo deben acompañar a sus hijos en el proceso de una temporada. No se trata de que los padres entren a la pista, pero sí de que estén bien informados para apoyar desde donde toca.
Por eso sugiero hacer balance. Pero un balance justo, no uno que siempre culpe a los mismos. Y para hacer un balance justo, hay que entender una realidad que a veces cuesta ver: no todo el mundo parte de la misma base.
No todo el mundo sale de la misma línea de salida
Hay personas con unas condiciones naturales excepcionales para un deporte, para la danza. Tienen un don, una facilidad innata que otras no poseen. Eso no es ni bueno ni malo: es así. El problema viene cuando actuamos como si todos empezaran desde el mismo sitio, porque no es verdad.
Cuando ese don se encuentra con un trabajo bien planificado, con buenos entrenadores, esfuerzo físico, recursos y constancia, las opciones de llegar lejos se multiplican. Dicho de otro modo: trabajar bien, planificar con realismo y ser constante no te garantiza ganar, pero aumenta las posibilidades. Es como tener papeletas en un sorteo: cuantas más tengas, más opciones tienes, pero nunca un boleto te asegura el premio. Y eso es importante asumirlo, porque a veces se puede hacer todo bien y aun así no ganar.
Esto es especialmente visible en los deportes individuales. Un nadador, un tenista, un bailarín o un gimnasta pueden, si tienen cualidades innatas y trabajan bien, llegar a resultados muy altos incluso sin depender demasiado de los demás. Su progreso depende sobre todo de ellos mismos, de su planificación y de los medios que pongan a su alcance.
En los deportes de equipo es más complejo, porque por mucho talento que tenga un jugador, si los que le rodean no llegan a su nivel, el resultado se resiente. Pero en los individuales, la combinación de condiciones naturales más trabajo bien hecho es, sin duda, la más potente para alcanzar objetivos altos.
Tener talento no obliga a nada
Y aquí viene algo que se dice poco: tener facultades excepcionales no implica ninguna obligación. Hay personas con un potencial enorme que, simplemente, deciden no dedicarse a ello de forma profesional o semiprofesional. Les gusta su deporte, lo disfrutan, pero sus objetivos en la vida están en otro sitio: los estudios, su familia, otro trabajo, o el simple placer de jugar o bailar sin presión competitiva. Y eso es su elección.
No todo el mundo tiene que exprimir su virtud deportiva hasta las últimas consecuencias. Se puede ser muy bueno y decidir quedarse en un nivel amateur, disfrutando, sin buscar campeonatos ni clasificaciones. Eso no es fracaso. Es libertad. Es saber lo que uno quiere en la vida. Y a veces eso es más valioso que cualquier medalla.
Circunstancias personales y recursos: condicionan
Pero hay un tercer escenario, el más injusto de todos: personas con talento y con ganas de aprovecharlo, que no pueden hacerlo porque su contexto no se lo permite.
Pongamos un ejemplo imaginario para entendernos. Imaginemos a un chaval con mucho talento para el balonmano. Juega en un pueblo pequeño, con un equipo justito para competir. Él entrena, se esfuerza, pero sus compañeros no llegan a su nivel. Partido tras partido, pierden. No porque él no valga, sino porque el balonmano es un deporte de equipo y necesita a los demás.
Ese chaval no puede irse a otro club porque su familia no tiene medios económicos para llevarle a entrenar a la ciudad. Así que su don se va diluyendo. No por falta de trabajo, no por falta de condiciones. Por falta de oportunidades. Por un contexto que no le sostuvo.
Es un ejemplo para ilustrar algo que imagino ocurre más a menudo de lo que pensamos. Y no solo en pueblos: también en ciudades, con familias que no pueden pagar entrenadores privados, material, viajes o competiciones.
Trabajo sin talento
Y para terminar con los casos, no olvidemos el otro lado. También he visto personas sin unas condiciones naturales extraordinarias que, a base de trabajo duro, de constancia, de rodearse de buenos profesionales y de planificarse bien, han llegado a ser importantes en su disciplina.
No porque fueran prodigios, sino porque supieron rodearse, invertir sus recursos y mantener el rumbo. El trabajo bien dirigido, con realismo y con apoyo, puede suplir muchas carencias naturales. No todas, pero sí muchas. Y eso también es cierto.
Antes de señalar, conviene mirar hacia arriba
Cuando un resultado no es el esperado, rara vez se mira a quienes diseñaron la temporada, planificaron los entrenamientos, gestionaron los recursos o fijaron los objetivos. En cambio, es muy cómodo señalar a los niños, a su falta de esfuerzo. Pero todo eso que no tiene que ver con la responsabilidad de los dirigentes o los entrenadores es, precisamente, lo que más se airea.
El fracaso rara vez tiene una sola causa. Y casi nunca la causa principal está solo en quienes saltan a la pista o al escenario. Detrás hay decisiones de planificación, expectativas mal gestionadas, falta de recursos o simplemente un rival mejor.
Por último, recordar que en una competición deportiva solo uno es el que gana. Estadísticamente es más fácil perder que ganar. Y no necesariamente perder es fracasar.

