lunes, 8 de diciembre de 2025

El saludo: educación y respeto.

 


El saludo cotidiano es un acto de respeto consciente que, cultivado con amabilidad, construye comunidad y enseña reciprocidad.


Mirad esta imagen (¡qué cantidad de posibilidades te da la IA-Gemini-!). 


Es un cruce de miradas, un gesto con la boina, una sonrisa sincera, un ¡Hola!


Esto es habitual en los pueblos: ese momento en que cruzarse con otro ser humano implica, casi por obligación moral, saludarse. Me acaba de pasar ahora mismo. Es un acto sencillo que, en las ciudades, se diluye a menudo en la masificación, pero que en el colegio donde trabajo, es el pilar de mi día a día.


Cada mañana, mi rutina empieza recibiendo a padres y alumnos con un "buenos días". Con los niños, he cultivado una costumbre: les he acostumbrado a que el saludo se devuelva.


Quiero aclarar que no se trata de una imposición férrea ni desagradable; eso mataría el propósito. Se trata de educación en su sentido más amplio. Busco que comprendan desde pequeños que, si yo les saludo, es por respeto hacia ellos, y que merezco la misma consideración por su parte. Es una pequeña lección sobre reciprocidad humana, siempre acompañada de una sonrisa para que el mensaje cale desde la amabilidad.


Pero esta práctica no se limita a los pequeños. Lo hago con absolutamente cada persona que se cruza en mi camino: da igual que sea una maestra, el conserje, la directora, las técnicas… A todos les doy los buenos días.


Curiosamente, en el caso de los adultos, no lo hago esperando una respuesta (aunque se agradece). Asumo que, por edad y por trabajar precisamente en la educación de otros, la cortesía ya debería venir "de serie".


Lo hago por mí y por el ambiente que quiero crear. Porque saludar no es solo un formalismo; es mi forma activa de buscar el respeto y generar buena "onda" todos los días, en cada rincón del colegio y en cada ámbito de mi vida. Es un pequeño gesto invisible que construye comunidad.


#Educación #Respeto #Convivencia #BuenosDías #Valores #ComunidadEducativa #Cortesía #VidaDePueblo #ReflexiónDocente

martes, 8 de julio de 2025

Cuando el Baile Es Memoria, Esfuerzo y Futuro: Mirada de un Padre

El Palacio de Festivales de Cantabria enmudece. Entre sombras que se alinean como piezas de ajedrez, un diapasón marca el compás. Palmas y tacones tejen un pilla-pilla de tiempos y contratiempos... hasta que todo se detiene. Entonces, la guitarra rasga el aire y un quejío ancestral corona el silencio. En ese instante, mis ojos encuentran a Carla (@carlamontoroo_danza). Entre el soniquete de las palmas y el lamento del cantaor, surge "el lío". Y aunque el grupo baila con alma, hay algo en ella —esa mezcla de fuerza y delicadeza, en cómo marca cada golpe de zapato— que convierte su baile en un imán. Cuando el tramo final llega y Carmen (@minadance78) se funde con el grupo, un aura mágica envuelve el escenario: el tiempo se suspende y solo late el duende. Entonces lo recuerdo: "El flamenco no se baila... se vive. Y ella, mi hija, es la prueba.

Pero este arte que palpita en sus venas no conoce fronteras. Tras seis años consiguiendo su titulación en Danza Española, su pasión se expande al hip hop en la @hh_school, donde supera grados con la misma entrega. Porque al final, lo que une estilos aparentemente distantes es lo mismo: la valentía de expresar lo que llevas dentro, la disciplina que exige entregarse por completo. Ya sea con una bata de cola o entre ritmos urbanos, su corazón late al mismo ritmo. Verla bailar hip hop es único: la felicidad brota en cada movimiento y estalla en su sonrisa más auténtica. Esa sonrisa... ilumina hasta el día más gris.

Detrás de cada coreografía hay horas silenciosas y entrega colectiva. Como padre, sé que Carla aporta ese 200% que inspira, pero también sé que el verdadero milagro ocurre cuando todos empujan juntos, sin egos, con humildad. Tras 20 años dirigiendo equipos de balonmano, reconozco el secreto: si cada uno da su 100%, lo extraordinario florece. Son esos extras anónimos, esos detalles que nadie ve pero todos sienten, los que convierten una actuación en algo que se guarda en el ❤️.

Y cuando la veo volar con su bata de cola —patrimonio vivo, no decorado—, recuerdo que esto trasciende el orgullo paternal. El flamenco es PATRIMONIO INMATERIAL DE LA HUMANIDAD (UNESCO), un legado que nos grita quiénes somos: técnica ancestral, disciplina férrea y alma hecha ritmo. Mientras los musicales copan carteles, reclamo espacio para esta identidad que late en nosotros: que brille en teatros, que habite en programaciones culturales, que nos recuerde que llevamos siglos de cultura en la sangre. Porque esto no es nostalgia: es duende que resiste.

En su graduación, Carla cerró con un baile futurista. Irónico, porque ese futuro es lo que hoy me quita el sueño. Tras años viéndola bailar —sola, en grupo, hasta en un TikTok— sé que su vida y la danza son una misma cosa. Si le dan la oportunidad de seguir formándose, no la desaprovechará. Porque cuando baila, no solo ejecuta: disfruta, vuela, crea, sueña... y cuando sueña, sueña con bailar.

Y es ese sueño el que justifica todo el esfuerzo. Porque lo que vale la pena se mide por lo que entregas para alcanzarlo. Esa felicidad al cruzar la meta —tras horas de ensayo, tras dar todo— es un triunfo que nadie borrará. El futuro es incierto, pero la certeza de haberlo dado todo por lo que amas... eso perdura. Como el eco de un taconeo en el silencio.

sábado, 10 de mayo de 2025

"De espectadores a managers: La evolución de la implicación parental en las extraescolares"

El fin de semana pasado estuve acompañando a mi hija en el concurso nacional de danza celebrado en Burgos. Sentado en la butaca del auditorio, mientras observaba cómo se llenaba de padres y madres nerviosos por ver actuar a sus hijos, me asaltó una reflexión: ¿Cómo ha cambiado en 40 años el papel de los padres en las actividades extraescolares?


Cuando yo tenía la edad de mi hija, los padres eran prácticamente invisibles. Ahora, en cambio, intentan estar presentes en cada momento del proceso: organizan la logística, graban cada paso y hasta opinan sobre los métodos de enseñanza.  


En los 80 —sin móviles ni horarios rígidos—,los espacios deportivos estaban abiertos hasta el anochecer. Los niños volvían solos a casa, y las familias no vivían pendientes de horarios estrictos. En mi caso, me tiraba horas en la pista del colegio entrenando o viendo como lo hacían otros. Cuando quedaba la cancha libre, aunque fuera unos minutos, jugaba con mis compañeros. Volvía a mi casa antes de la hora que tenía limitada. Mis padres sabían dónde estaba y no se preocupaban porque estaba haciendo deporte. Recuerdo que mi padre solo fue a verme jugar una vez (¡fue mi debut en la categoría nacional y marqué 4 goles!). Los padres no intervenían o lo hacían poco.


Con los años, empezaron a aparecer padres en las gradas. Primero como meros observadores, luego hablando entre ellos, después dando instrucciones desde la banda. 


Y llegamos a hoy: grupos de WhatsApp, vídeos para analizar errores en casa y, en algunos casos, forman parte de los equipos como delegados, entrenadores, directivos…


Cabe preguntar por qué esta evolución. Varios son los motivos, entre ellos, estos:


1. Conciliación laboral: Con ambos padres trabajando, el poco tiempo disponible se vive intensamente. Se crea el concepto de "tiempo de calidad" —que, en mi opinión, a menudo esconde cierto sentimiento de culpa por no poder estar más— convierte las extraescolares en focos de atención familiar al ser centro de interés del hijo, llegan a ser algo así como  "guarderías de alto rendimiento"


2. Espacios restringidos: Las canchas abiertas han dado paso a pabellones con horarios fijos. El tiempo de actividad está agendado y tanto los padres como los hijos deben ajustarse a rutinas estrictas.  Esto concentra a los padres sobre todo a las salidas por lo que se crean grupos que habla del interés común que es la extraescolar.


3. Redes sociales: Exhibir los logros de los hijos se ha convertido en una forma de reconocer lo bien que se educa al niño. Hay que grabarlo todo y compartirlo.


Creo que se impone hacer una reflexión:


Las extraescolares deberían ser, ante todo, un espacio donde los hijos:  

- Se evadan de la rigidez académica.  

- Disfruten de lo que les apasiona.  

- Aprendan de sus errores sin miedo a equivocarse.

- Reciban formación de especialistas que inspiren.


El papel del adulto no debería ser gestionar su tiempo libre, sino de animar, de acompañar y no agobiar. No se trata de volver al pasado, sino de encontrar un equilibrio: ser el apoyo que sostiene, respetando su espacio. 

Escuchar más y responder cuando tengan preguntas. Estar ahí, presente.


#Extraescolares #Hiperpaternidad #Educación #Conciliación #Reflexión

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